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¿Cuál será la carne del futuro?

Esta es una de las preguntas que quizás más se estén haciendo, entre otros, los responsables de industrias cárnicas, ganaderos, cadenas de distribución y profesionales del sector.

Al igual que el cambio climático, que comenzó siendo un debate que parecía residual de ciertos grupos activistas y que ha acabado modificando legislaciones a nivel mundial e incluso comportamientos, me temo que, en este caso, sin existir razones fundadas en muchos casos, la pelota ya está en juego y no parece que vaya a parar.

De los cuatro aspectos con los que parece tiene que enfrentarse el sector cárnico a diario, quiera o no, esto es, el nutricional, medioambiental, ético o de bienestar animal y la “moda”, seguramente unos evolucionarán en camino opuesto o al menos diferente a otros, pero en todo caso, la conjunción de todos ellos llevará a un nuevo modelo de producción y consumo de carne que conllevará cambios muy importantes en toda la cadena de valor.

El nutricional seguramente sea el que presente mayores oportunidades, no solo porque la razón y la verdad se deben imponer, sino porque cada vez se valorará más un producto de alta calidad nutricional y organoléptica, a medida que los avances científicos así lo demuestren. Y es que la carne no solo es uno de los alimentos que producen más placer, sino de los más completos y que se puede clasificar claramente como un alimento funcional.

El medioambiental está ahora en plena batalla y el futuro probablemente conlleve una mayor regulación de las condiciones de producción y, por tanto, un incremento en los costes y/o la aplicación de tasas de producción animal o similares, que queramos o no es muy probable que llegue, dicho sea de paso, probablemente de forma injusta al no valorarse el efecto positivo de la ganadería sobre muchos ecosistemas y territorios. Y, si no, a la vista está que hasta ahora esto no se ha tenido apenas en cuenta.

Por lo que respecta al bienestar animal, quizás sea la palanca excusa para movilizar a verdaderos integristas contra la producción animal, cuya punta de lanza se manifiesta con ciertos sectores del veganismo, de los animalistas y otras corrientes con un claro sesgo político en muchas ocasiones. Al igual que en el caso anterior, este aspecto conllevará unos mayores costes de producción que pueden hacer menos accesible la carne a la población en general.

Por último, el efecto moda, como su propio nombre indica, puede ser pasajero, aunque podría mutar de una corriente a otra y por tanto es difícil de valorar. En este sentido, las redes sociales, líderes de opinión y diferentes organizaciones pueden ser la clave para engordar o hacer desaparecer ciertas corrientes de opinión.

Lo que sí parece claro es que contra estas corrientes hay una que sí que es clara y objetiva, que es la necesidad de consumir proteína por una población cada vez mayor y que a la espera de otros productos sustitutivos como la carne artificial (no los productos veganos que son otra cosa muy diferente) seguirá tirando de la demanda inexorablemente. Este pulso probablemente no tenga un ganador o perdedor claros, pero sí cambiará para siempre lo que ahora entendemos por carne.

Artículo publicado en la revista La Carne. Haz click aquí para suscribirte

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